
Cada vez estoy mas convencido de que el mundo funciona como una partida de parchis. No es broma. Es una teoria bastante cientifica. Cada uno de nosotros somos una de esas fichas redondas y planas. Al principio, nos encontramos en un lugar seguro del que, más tarde o más temprano, tendremos que salir. Es nuestro hogar, allí vivimos con nuestra familia a salvo de cualquier peligro, pero debemos abandonarlo para empezar nuestra verdadera vida. Hay gente que tiene suerte y consigue salir antes. En el parchis, sacando un cinco. En la vida, encontrando un buen trabajo. Creo que es bastante más facil lo del cinco que lo del trabajo. Una vez que estamos fuera, empieza la carrera. Corremos el peligro de que llegue cualquier otro y nos pise, y entonces tendríamos que volver a empezar. Pero tambien contamos con la ayuda de las fichas de neustro color, nuestros amigos, nuestra familia. El resto tratará de jodernos, de llegar antes que nosotros. Es una carrera de velocidad, en la que el final es inevitable. Hay veces que tanteamos varias veces la muerte de la partida, como rebotando, antes de llegar a ella. Todos sabemos que el juego va a acabar, y tratamos de ganar, claro, pero en el fondo, nos da pena que se termine. Creo que el planteamiento del juego es bastante cristiano, porque se asocia ese final con algo bueno, con el triunfo. Llegar a la última casilla con todas tus fichas es algo así como alcanzar el cielo una vez acabada la vida. Y la muerte de nuestra ficha cuando es devorada por una de las enemigas parece una especie de reencarnación porque, tras esa muerte, aparece otra ficha heredera suya que comienza su vida desde el principio. Existe un dado que es el que ordena los movimientos, el que hace que uno gane y el otro pierda, porque sin suerte en el lanzamiento de dado no se puede ganar al parchís. Al dado, ése que dicta el comportamiento en todos los jugadores, algunos lo denominaran Dios, otros diran que es Azar, y el resto le llamaremos Destino.
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